27 de marzo de 2017

Solo por el Midi

             

             Hace ya más de diez años escale esta preciosa ruta con Sergi, un buen amigo y gran escalador de deportiva. En aquella ocasión, como no podía ser de otra forma ya que éramos muy inexpertos, nos toco picar vivac en medio de la Fourche, pasando una larga noche con la mitad del culo en la roca y la otra en la nieve. A la mañana siguiente apareció el helicóptero cuando ya estábamos fuera de peligro y nos acerco al refugio de Pombie.

              Después de esta primera incursión tenía una espinita clavada por aquella gran cagada, y que mejor manera de resarcirse que realizar la misma escalada en solitario aumentando así el compromiso. La idea me surgió durante el invierno. Al principio no le di importancia, me pareció algo intangible, irrealizable, pero poco a poco la idea descabellada fue abriéndose paso en mi mente como una planta que crece, esperando una oportunidad.



              Cuando se emprende una escalada de estas características, la logística es una parte importantísima de la actividad, el previo que debemos realizar debe ser realmente meticuloso. En estas fechas todavía queda bastante nieve en cotas altas del Pirineo, por eso los crampones y el piolet serán herramientas imprescindibles a lo largo de la ascensión. Llevare una cuerda de uso en simple de 9mm de 60m y un cordino muy fino de 30m por si tuviera que hacer una eventual retirada. Para asegurarme utilizare un grigri “trucado” y dos juegos de friens completos hasta el numero 4, incluido dos juegos de micros. Esta vía al ser una gran clásica está bastante equipada con clavos, pero aun así abundan las fisuras donde tendremos que auto-proteger nuestro avance.
              La noche de antes de emprender una gran aventura en solitario, la mente tiene tal agitación que no duerme, no descansa, y cuando suena el despertador el cuerpo está entumecido, por eso la motivación y la  fuerza de voluntad juegan un papel tan importante en este momento. Es muy fácil abandonar la empresa y volver al dulce calor de la cama y terminar así antes de haber empezado.
Una vez montado en el coche la pereza desaparece, pero en su lugar la incertidumbre y el temor van creciendo, la mente comienza a divagar y estudiar todas las posibles variables que pueden ocurrir a lo largo del día.
La larga aproximación tantas veces recorrida discurre sin complicaciones, durante este monótono trayecto los pensamientos viajan a lugares remotos, lugares que de momento solo están en mi imaginación, lugares en los que me gustaría estar en un futuro, sueños al fin  y al cabo. Solo al final, a los pies del Espolón Norte del Pettit Midi tengo que volver al a realidad para sortear el gran nevero, que me deposita al pie del primer bastión rocoso. 
              Elijo una exigua repisa, justo en la rimaya una vez terminado el tramo de nieve, donde me preparo para la escalada. Los movimientos deben ser cuidadosos debido al reducido espacio y a la precariedad de la roca. En este primer tramo no me auto aseguro ya que según el croquis es IV grado y no debería de suponerme dificultad alguna, pero la roca es realmente inestable y a esto hay que sumarle el peso de la mochila. Escalo en tensión, una caída podría ser fatal, unos pasos más y llego a la vira que da acceso al Gran Pilar. El ambiente es sobrecogedor, cada vez que miro hacia arriba las dudas se me apoderan, la fuerza de voluntad flaquea, la roca es tan desplomada que parece que quiera abalanzarse sobre mi cabeza. Intento desoír los consejos que me da la razón y sigo a mi corazón que me insta a seguir subiendo. El primer largo del espolón lo hago sin cuerda ya que es bastante fácil, esto me permitirá progresar más rápido y ganar tiempo a un día que se prevé maratoniano.
              Sigo la línea correcta en medio del caos de bloques, fisuras y desplomes, llegado a un punto veo una cómoda reunión desde la que empezar a auto-asegurarme. A partir de aquí la escalada se presenta más vertical y difícil, seguir sin cuerda seria forzar demasiado la seguridad, así que preparo todo el sistema. Empalmo dos largos seguidos que me colocan debajo del impresionante techo del cuarto largo. Lo malo de ir en solitario es que cada vez que haces un largo tienes que volver a repetirlo para recuperar el material que has ido utilizando, por lo que al final del día has realizado la ruta dos veces completas.
              El siguiente largo es realmente espectacular, desploma casi todo el rato, pero a mitad tiene un techo completamente horizontal que se sortea en libre, no sin su correspondiente apretón. Al llegar a la reunión ya podemos decir que hemos calentado, y otra vez misma operación, fijar la cuerda desmontar los seguros y volver a escalarlo otra vez.
              La sensación de soledad se apodera del momento, en kilómetros a la redonda intuyes que no hay ni una sola persona y eso acrecienta la fatiga mental. La abstracción en la escalada y las maniobras es tal que me descubro cantando y tarareando ritmillos estúpidos que consiguen en efecto relajante, en otras ocasiones hablo y me animo en voz alta como si de un compañero imaginario se tratara.
 La siguiente tirada también es exigente. Vuelvo a empalmar dos largos, 6b+ y 6c+, que por supuesto subo trampeando, agarrándome a los seguros como si no hubiera un mañana. En estos momentos vale todo con tal de salir indemne de esta aventura. Llego a la reunión y comienzo a sentir la fatiga, pero otra vez sin dar tiempo a recuperar las pulsaciones vuelvo a bajar para rehacer el largo otra vez. Como en el “día de la marmota” aparezco por segunda vez en la misma repisa y miro la hora. Quedo gratamente sorprendido de lo pronto que es, enlazar largos me ha ahorrado mucho tiempo, así que decido pararme un rato a recuperar fuerzas y comer un poco, la verdad es que me encuentro bastante cansado y todavía queda bastante vía hasta el final del pilar.
              Después del descanso y con el estomago lleno la vida se ve de otra manera. Vuelvo a la acción empalmando los dos siguientes largos.  Es una autentica lastima, pero en la antepenúltima tirada un desprendimiento ha cambiado completamente la morfología de la escalada, y donde antes había un precioso largo de fisura off-width, ahora ha quedado un diedro ciego desplomado con clavos, que tendremos que escalo en artificial.

              Sobre las cinco de la tarde alcanzo la cumbre del Piton de la Fourche, han sido ocho horas de intensa escalada a la sombra del Midi. No hay lugar para la relajación, todavía me queda por delante la difícil bajada. No sin numerosas dudas, elijo la bajada de la Fourche, donde hace años me toco pasar la noche, pero en esta época del año mantiene nieve a lo largo de todo el recorrido, lo que me permitirá bajar directo y de forma segura gracias a los crampones y el piolet. Dicho y hecho, sobre las seis aparezco en el refugio de Pombie donde hablo con la primera persona en todo el día, ahora ya sí que me relajo y toda la tensión acumulada durante el día se desvanece y una profunda sensación de felicidad y de vacio surge en su lugar. Imagino que este efímero momento podría ser la explicación al por qué de todo esto…

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