27 de marzo de 2017

Cara sur del Arriel



En azul la vía de descenso.

              Cuando pasas por debajo de esta gran montaña de camino al refugio de Respomuso,  impresiona la desolación del lugar, miras hacia arriba y lo único que ves es un caos de nieve, roca y numerosos árboles barridos por grandes avalanchas provenientes de la pared, en ningún momento la imaginación incita al esquiador a bajar por un lugar  tan poco amable, pero la cosa cambia cuando ganamos  perspectiva desde otra montaña y la silueta de la cara sur del Arriel se presenta como una magnífica pirámide que nos hace soñar con lo “imposible”.
La primera vez que vi la cara sur del Arriel con los ojos del esquiador, estaba escalando en Peña Telera, me llamo tanto la atención que empecé a indagar sobre su posible descenso. Hablando con mi buen amigo Felix Aznar, gran conocedor de la zona, me advirtió sobre su viabilidad, ya que en la parte baja, hay un corredor oblicuo escondido, que con la suficiente innivación nos permitirá sortear toda la gran barrera rocosa que hay al pie de la montaña.
              Después de un invierno tan atípico como el que hemos vivido no me imaginaba siquiera plantearme un descenso tan efímero como este, pero como la montaña impone sus reglas, hay que adaptarse continuamente y estar en el lugar adecuado en el momento idóneo. Nuestra chispa se enciende al momento de ver una foto en el FB de nuestro amigo Fidel Mendía, en la que intuimos que la montaña está en condiciones óptimas.
              El martes 26 de Abril, decidimos que es el día, estamos al inicio de un anticiclón con temperaturas bajas para estas fechas, que nos garantizaran la estabilidad de la nieve, y su transformación a lo largo del día para su posible descenso. Salimos del parking de La Sarra Fernando Peralta y yo sobre las 6.30 de la mañana, comenzamos la escalada de a la pared sobre las 9, la nieve ya empieza a ponerse blanda, aunque la temperatura no es alta, los rayos del sol inciden directamente desde primera hora de la mañana, tendremos que darnos prisa si no queremos que la cosa se ponga peligrosa.
              Según nos aproximamos a la pared intuimos el corredor oblicuo, que nos da la llave para el acceso a la montaña, pero no lo vemos, y eso nos hace ponernos nerviosos, ya que sin este paso natural, la escalada nos presentara demasiadas dificultades y no podremos continuar el ascenso. Por suerte en cuanto ganamos unos metros más de altura se presenta ante nosotros el deseado paso, por el que obligatoriamente tendremos que ascender.
              Vamos escalando con dos piolets, crampones y los esquís a la espalda, de momento la cuerda va en la mochila ya que las dificultades no son demasiado altas. Subimos todo lo rápido que podemos, y a la vez vamos estudiando el relieve para su posterior descenso. El ambiente que nos brinda la escalada es grandioso, el patio que se abre a nuestros pies es cada vez más sobrecogedor. A lo largo de la pala cimera vamos turnándonos en cabeza para ir abriendo huella, en todo momento vamos escrutando el terreno comprobando la estabilidad de la nieve, un alud en este lugar sería fatal.
              Sobre las 11:30 llegamos a la cumbre de la montaña, con un día realmente perfecto, la temperatura es correcta, apenas sopla viento y las condiciones de la nieve para la bajada son inmejorables. No hay escusa la suerte está echada. La escalada ha sido bastante larga y trabajosa, a si que intentamos descansar e hidratarnos antes de comenzar el descenso, es muy importante que el cuerpo y la mente estén al 100X100.
Nos equipamos y por fin nos lanzamos a la aventura. Entro en la pala con velocidad y después de un par de giros la cruzo en diagonal cortándola por completo, con esto origino una pequeña colada que barre toda la pared limpiándola de la nieve reciente que cayó en la última nevada. Miro hacia la cumbre y veo a Fer que según comienza la bajada no se encuentra a gusto, durante el ascenso ha tenido problemas con el material, y no está del todo convencido.  Medio a gritos conseguimos comunicaros y decide bajarse por la cara Oeste, que siendo un itinerario difícil no es tan comprometido como la cara Sur.
              Intento relajarme y valorar la situación. Estoy SOLO en esta pared, pero pensándolo fríamente sigo con opciones de hacer el descenso con seguridad. Los primeros giros son los más difíciles, la pendiente es realmente pronunciada y la nieve purga constantemente a mi paso. Esquío seguro, cada giro es una maniobra fríamente calculada en la que no existe la posibilidad de fallo. La velocidad está controlada en todo momento, voy despacio, la fluidez a la que estamos acostumbrados en los videos de freeride aquí es anecdótica, no puedo caer.
              Voy siguiendo la huella de ascenso y esto facilita en gran medida seguir el itinerario. Poco a poco me voy acercando a la zona de los grandes cortados. La incertidumbre se apodera del momento, la nieve cada vez es más escasa, las rocas a modo de aletas de tiburón asoman y la pendiente es muy vertical, ha llegado el momento de sacar el piolet. Bajo despacio derrapando sorteando las rocas, la nieve en esta  orientación está más dura, y el piolet me sirve para asegurar el paso. El vacio se abre a mis pies, la concentración es máxima, en este punto la caída no es una opción. Unos segundos más y llego a la diagonal que da acceso a la canal oblicua, y una vez en ella las dificultades y la exposición decrecen, aunque no me relajo hasta salir de la pared.
              Es una sensación de júbilo indescriptible disfrutar de las amplias palas de buena nieve que descienden de los ibones de Arriel, en completa soledad después haber pasado momentos tan intensos de incertidumbre y estrés.

              Aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI, todavía quedan retos vírgenes en nuestros queridos Pirineos, esperando a ser resueltos.

Solo por el Midi

             

             Hace ya más de diez años escale esta preciosa ruta con Sergi, un buen amigo y gran escalador de deportiva. En aquella ocasión, como no podía ser de otra forma ya que éramos muy inexpertos, nos toco picar vivac en medio de la Fourche, pasando una larga noche con la mitad del culo en la roca y la otra en la nieve. A la mañana siguiente apareció el helicóptero cuando ya estábamos fuera de peligro y nos acerco al refugio de Pombie.

              Después de esta primera incursión tenía una espinita clavada por aquella gran cagada, y que mejor manera de resarcirse que realizar la misma escalada en solitario aumentando así el compromiso. La idea me surgió durante el invierno. Al principio no le di importancia, me pareció algo intangible, irrealizable, pero poco a poco la idea descabellada fue abriéndose paso en mi mente como una planta que crece, esperando una oportunidad.



              Cuando se emprende una escalada de estas características, la logística es una parte importantísima de la actividad, el previo que debemos realizar debe ser realmente meticuloso. En estas fechas todavía queda bastante nieve en cotas altas del Pirineo, por eso los crampones y el piolet serán herramientas imprescindibles a lo largo de la ascensión. Llevare una cuerda de uso en simple de 9mm de 60m y un cordino muy fino de 30m por si tuviera que hacer una eventual retirada. Para asegurarme utilizare un grigri “trucado” y dos juegos de friens completos hasta el numero 4, incluido dos juegos de micros. Esta vía al ser una gran clásica está bastante equipada con clavos, pero aun así abundan las fisuras donde tendremos que auto-proteger nuestro avance.
              La noche de antes de emprender una gran aventura en solitario, la mente tiene tal agitación que no duerme, no descansa, y cuando suena el despertador el cuerpo está entumecido, por eso la motivación y la  fuerza de voluntad juegan un papel tan importante en este momento. Es muy fácil abandonar la empresa y volver al dulce calor de la cama y terminar así antes de haber empezado.
Una vez montado en el coche la pereza desaparece, pero en su lugar la incertidumbre y el temor van creciendo, la mente comienza a divagar y estudiar todas las posibles variables que pueden ocurrir a lo largo del día.
La larga aproximación tantas veces recorrida discurre sin complicaciones, durante este monótono trayecto los pensamientos viajan a lugares remotos, lugares que de momento solo están en mi imaginación, lugares en los que me gustaría estar en un futuro, sueños al fin  y al cabo. Solo al final, a los pies del Espolón Norte del Pettit Midi tengo que volver al a realidad para sortear el gran nevero, que me deposita al pie del primer bastión rocoso. 
              Elijo una exigua repisa, justo en la rimaya una vez terminado el tramo de nieve, donde me preparo para la escalada. Los movimientos deben ser cuidadosos debido al reducido espacio y a la precariedad de la roca. En este primer tramo no me auto aseguro ya que según el croquis es IV grado y no debería de suponerme dificultad alguna, pero la roca es realmente inestable y a esto hay que sumarle el peso de la mochila. Escalo en tensión, una caída podría ser fatal, unos pasos más y llego a la vira que da acceso al Gran Pilar. El ambiente es sobrecogedor, cada vez que miro hacia arriba las dudas se me apoderan, la fuerza de voluntad flaquea, la roca es tan desplomada que parece que quiera abalanzarse sobre mi cabeza. Intento desoír los consejos que me da la razón y sigo a mi corazón que me insta a seguir subiendo. El primer largo del espolón lo hago sin cuerda ya que es bastante fácil, esto me permitirá progresar más rápido y ganar tiempo a un día que se prevé maratoniano.
              Sigo la línea correcta en medio del caos de bloques, fisuras y desplomes, llegado a un punto veo una cómoda reunión desde la que empezar a auto-asegurarme. A partir de aquí la escalada se presenta más vertical y difícil, seguir sin cuerda seria forzar demasiado la seguridad, así que preparo todo el sistema. Empalmo dos largos seguidos que me colocan debajo del impresionante techo del cuarto largo. Lo malo de ir en solitario es que cada vez que haces un largo tienes que volver a repetirlo para recuperar el material que has ido utilizando, por lo que al final del día has realizado la ruta dos veces completas.
              El siguiente largo es realmente espectacular, desploma casi todo el rato, pero a mitad tiene un techo completamente horizontal que se sortea en libre, no sin su correspondiente apretón. Al llegar a la reunión ya podemos decir que hemos calentado, y otra vez misma operación, fijar la cuerda desmontar los seguros y volver a escalarlo otra vez.
              La sensación de soledad se apodera del momento, en kilómetros a la redonda intuyes que no hay ni una sola persona y eso acrecienta la fatiga mental. La abstracción en la escalada y las maniobras es tal que me descubro cantando y tarareando ritmillos estúpidos que consiguen en efecto relajante, en otras ocasiones hablo y me animo en voz alta como si de un compañero imaginario se tratara.
 La siguiente tirada también es exigente. Vuelvo a empalmar dos largos, 6b+ y 6c+, que por supuesto subo trampeando, agarrándome a los seguros como si no hubiera un mañana. En estos momentos vale todo con tal de salir indemne de esta aventura. Llego a la reunión y comienzo a sentir la fatiga, pero otra vez sin dar tiempo a recuperar las pulsaciones vuelvo a bajar para rehacer el largo otra vez. Como en el “día de la marmota” aparezco por segunda vez en la misma repisa y miro la hora. Quedo gratamente sorprendido de lo pronto que es, enlazar largos me ha ahorrado mucho tiempo, así que decido pararme un rato a recuperar fuerzas y comer un poco, la verdad es que me encuentro bastante cansado y todavía queda bastante vía hasta el final del pilar.
              Después del descanso y con el estomago lleno la vida se ve de otra manera. Vuelvo a la acción empalmando los dos siguientes largos.  Es una autentica lastima, pero en la antepenúltima tirada un desprendimiento ha cambiado completamente la morfología de la escalada, y donde antes había un precioso largo de fisura off-width, ahora ha quedado un diedro ciego desplomado con clavos, que tendremos que escalo en artificial.

              Sobre las cinco de la tarde alcanzo la cumbre del Piton de la Fourche, han sido ocho horas de intensa escalada a la sombra del Midi. No hay lugar para la relajación, todavía me queda por delante la difícil bajada. No sin numerosas dudas, elijo la bajada de la Fourche, donde hace años me toco pasar la noche, pero en esta época del año mantiene nieve a lo largo de todo el recorrido, lo que me permitirá bajar directo y de forma segura gracias a los crampones y el piolet. Dicho y hecho, sobre las seis aparezco en el refugio de Pombie donde hablo con la primera persona en todo el día, ahora ya sí que me relajo y toda la tensión acumulada durante el día se desvanece y una profunda sensación de felicidad y de vacio surge en su lugar. Imagino que este efímero momento podría ser la explicación al por qué de todo esto…